El Ka
Imaginemos una gran central eléctrica en una ciudad, capaz de proveer energía a cualquier casa, bajo la forma de kilo-voltios de electricidad. Esa energía equivaldría al concepto de “Prana” de los hindúes, o el “Ki” de los japoneses, o el “Chi” de los chinos: la energía vital de origen solar que circunda toda la tierra. Para usar la energía eléctrica tenemos que especializarla, haciéndola pasar a través de estructuras inteligentes, convirtiéndola así en calor, luz, o música. De la misma manera los antiguos egipcios poseían la misma idea: la energía universal era absorbido por el hombre y modificado al penetrar en las diferentes estructuras, proveyendo así energía especializada para la actividad física o mental. Entre los antiguos egipcios eso era a lo que se llamaba el Ka.
No es de extrañar que a veces se le asignara no sólo a los seres humanos sino también a objetos inanimados. Por ejemplo una batería eléctrica contiene energía, o Ka según los términos egipcios. La especialización de esa energía y su unión al concepto de “nombre” (véase más adelante) daba lugar a un Ka no sólo especializado sino también “personalizado”, con formas características de reacción, hasta el punto de llegar a conformar una especie de matriz o patrón energético sobre el cual se modela el propio ser vivo.
O sea que el contenedor modela al contenido y viceversa, como en el caso de un globo lleno de agua. Por eso el ka aparece en las representaciones adoptando formas definidas, semejantes a la del muerto, y por eso se le ha llegado a llamar por los egiptólogos el “doble”, o sea la fuerza vital personalizada.




